De Playboy al Islam (I)
La exitosa supermodelo que se atrevió a darle
un giro total a su vida
“Hay más
en la vida que ser un símbolo sexual.”
Felixia Yeap.
Por: Said Abdunur Pedraza
Esta es una historia de vida llena de matices,
por eso decidí escribirla en varias partes que publico en artículos separados.
Espero que cada artículo resulte al lector más interesante e inspirador que el
anterior.
Primera parte: El hambre de más

Por supuesto, la resistencia al cambio depende
del entorno social, del concepto de cambio y del concepto de bienestar, de
mejora y de estabilidad. En nuestro entorno actual, cambiar de trabajo o de
residencia resulta traumático para mucha gente. Casarse o tener hijos ya no se
piensan como procesos o etapas normales en la vida, sino como grandes saltos o
incluso errores, que sacan a la gente de su zona de confort y ponen en peligro
sus logros académicos, laborales y económicos. Por ello, el matrimonio y los
hijos generan pánico en grandes sectores de nuestra sociedad, en lugar de deseo
y felicidad, lo que nos diferencia de otras culturas, donde son considerados
como algo necesario, deseable e irremplazable.
En nuestra sociedad, cada vez más vacía y
monetizada, el bienestar y la estabilidad están asociados al poder y el
estatus, que a su vez dependen del éxito, la fama y los bienes que una persona
pueda acumular. Y quiero subrayar: que una persona pueda acumular. Nunca
pudo, pero tampoco podría. Es decir, esto se plantea en un futuro
supuestamente cercano y cierto. Hemos olvidado que el mañana no existe, que
nadie tiene la vida garantizada, y vivimos siempre en ese futuro que creemos
inmediato y verídico. La estabilidad y el bienestar están siempre un paso delante
de nosotros: a la distancia de un clic de ratón, de una tarjeta de crédito, de
una pensión, de una firma del banco, de una entrevista de trabajo, de un premio
del baloto o de una aparición en un reality. Y subrayo también: están siempre
un paso adelante. Si logras dar ese paso, te darás cuenta al instante de que la
seguridad, la felicidad, la tranquilidad, están más allá, a unos dólares más, o
unos meses más, o un préstamo más, o unas entrevistas más de distancia.
Esto nos ha convertido en una sociedad
hambrienta: siempre queremos más, y nuestra hambre está consumiendo por
completo al mundo, agotándolo, destruyéndolo, pero no podemos detenernos y
tampoco disfrutamos de lo que conseguimos a ese precio tan elevado. Tenemos
hambre de más, pero no de más cosas que nutran nuestro espíritu, mejoren
nuestra sociedad y protejan el planeta. No, nuestra hambre solo nos genera
ansiedad por la constante necesidad de buscar algo que por fin nos llene,
depresión porque cada vez que logramos algo descubrimos que no nos llena y que
seguimos hambrientos, y una miopía que nos hace creer que nuestra hambre desaforada
es algo innato del ser humano y que, por lo tanto, no hay salvación para
nuestra especie.
En esta civilización moderna,
capitalista, occidental, siempre estamos “a un paso de lograrlo”, y mientras
más tiempo transcurre, más larga es nuestra historia de lucha por alcanzar ese
“sueño”, así que cambiar el rumbo se nos antoja más absurdo, indeseable,
aterrador. Además, nos sentimos cada vez más seguros en lo que hacemos, gracias
a la experiencia ganada, y eso nos aumenta el temor a fracasar si intentamos
algo nuevo. Y el fracaso es algo imperdonable en nuestra sociedad.

Lo curioso es que, al parecer, esta mujer
siempre estaba buscando el cambio, siempre estaba trabajando por más, estaba
progresando sin parar. Pero en realidad, se trataba de un cambio externo, de un
avance falaz, que en lugar de llenarla le producía cada vez más vacío, le hacía
sentir más hambre. Cambiar en su interior le generaba resistencia. Y solo
cuando quebrantó esa resistencia, pudo ver más allá y descubrir que la vida no
puede centrarse en perseguir permanentemente un objetivo que siempre está a un
paso más allá. Esa es la vida del que se esfuerza en llegar al extremo del
arcoíris, y no solo jamás lo consigue, sino que gasta tanto tiempo y energía en
su empresa, que se olvida de construirse una vida verdadera. El problema es
que, mientras más tiempo pasa convenciéndose a sí mismo y tratando de
demostrarle al mundo que está avanzando en su propósito, y que indudablemente
un día alcanzará su meta, que el final del arcoíris está a su alcance, más
difícil se le hará reconocer que ha errado el camino y más fuerte será su
resistencia al cambio.
Entonces, ¿cómo podría alguien pensar en
dejar atrás el glamour de las pasarelas, la televisión, las portadas de
revistas, los vuelos privados, los hoteles de cinco estrellas, los grandes
espectáculos y la fama, para iniciar una nueva vida según la cual, sus logros más
importantes no han sido más que los ladrillos con que ha ido construyendo su
propia condenación? ¿Cómo abandonar una carrera en su mejor momento, para
iniciar una vida nueva en la que podría no tener el mismo éxito, tan anhelado y
tan difícil de alcanzar?
Pues eso es lo que ha hecho recientemente
Felixia Yeap, quien soñó desde niña con ser una supermodelo. Ganó concursos de
belleza y programas de reality, y luego apareció semidesnuda en la
revista Playboy. Entonces, le llovieron ofertas laborales, acaparó las portadas
de las revistas de deportes, su propio club de fans creció a nivel internacional,
su nombre se convirtió en sinónimo de belleza y sensualidad, y de repente… Asumió
una forma de vida según la cual, toda su carrera y sus logros, por los que se sacrificó
y trabajó tan duro, solo la han alejado del buen camino y le han impedido ver
la verdadera luz. Acostumbrada a pasearse frente a la gente y las cámaras con
ropas que no le cubrían más del 20% del cuerpo, sonriendo con coquetería y
adoptando poses sexualmente insinuantes, decidió aceptar una filosofía según la
cual, no debe mostrar en público sino su rostro y sus manos, con pudor y
recato.
Fue un cambio duro que la obligó a abandonar
los trabajos por los que ganó fama y a dejar de lado las ofertas que le hacía
el mundo del espectáculo. Esto provocó el rechazo de muchos de sus fans, así
como de sus amigos más cercanos y de algunos de sus familiares. Pero no solo
eso. Produjo también el rechazo de algunos de los mismos seguidores de su nueva
forma de vida, a quienes ahora llama hermanos, y que la han juzgado con
severidad por su pasado, que está indeleblemente registrado en entrevistas, artículos,
fotografías y videos diseminados en la Web, en multitud de revistas y
periódicos tanto digitales como impresos, y en programas de televisión
internacionales.
Al saberse la noticia de su cambio, centenares
de periódicos impresos y virtuales, blogs, sitios de entretenimiento en
Internet y programas de noticias de la farándula, publicaron una oleada de
artículos superficiales con imágenes en las que Felixia aparece con su nueva
forma de vestir, cubierta de pies a cabeza, al lado de aquellas fotos en las
que sus ropas no habían requerido más de un metro de tela, y que servían para
realzar más que para cubrir. Y bajo esos artículos y fotos, docenas de
desconocidos se han enzarzado en discusiones bizantinas sobre si ella es
sincera o no en su transformación, si su intención es buena o mala, si la
obligó el novio, si tiene novio o no, y en fin, en términos desobligantes
malgastan su tiempo y su energía incomodando a los demás, en un esfuerzo tan
absurdo y fútil como el de quien se devana los sesos por determinar la dieta
diaria de los unicornios.
En el próximo artículo de esta serie,
conoceremos la historia de cómo Felixia llegó a convertirse en una supermodelo.
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